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En 1979, los policías le rompieron la columna a la docente Inés Valdivia. Nunca más pudo trabajar en el Ministerio de Educación. Ahora lo hace sin cobrar en asentamientos humanos.
Luis Arriola Ayala.
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 A diario. Arriba: La profesora Inés Valdivia es ayudada por las madres del AH Bayóvar, en San Juan de Lurigancho. Abajo: Con otras alumnas en el taller de la Zona V de Juan Pablo II, en Canto Grande. Allí les enseña manualidades. |
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El sendero de arena y piedras se eleva desafiante. La profesora Inés Valdivia, desde su silla de ruedas azul, alienta a las mujeres que la cargan. Deben de subirla por el cerro, con la fuerza de sus brazos hasta la cima. Donde está el aula, donde esperan sus alumnos, donde su vocación la llama.
El ascenso es difícil, pero las cuatro madres del asentamiento humano Bayóvar, de San Juan de Lurigancho, no se amilanan. Inés, con sus ojos claros como el verde de su natal Tingo María, mira con asombro este milagro que se repite varios días a la semana cuando ella llega a esta zona de extrema pobreza para cumplir su deber de siempre: ser profesora.
Más mujeres se unen en esta encomiable tarea. A veces pasan tan cerca del precipicio que las piedras caen al vacío. Los perros les ladran. Unos pasos más de esfuerzo para empezar las clases.
Alumnos de primaria
El aula no tiene ventanas ni puertas y el techo es un plástico despintado que es azotado por el viento. Los niños la saludan con un "buenos días, profesora". Están sentados sobre sillas sin esponja. En sus cuadernos, Inés les escribe operaciones de multiplicación y divisiones.
José tiene 12 años y aunque a esa edad ya debe de manejar las tablas de multiplicación no puede. Por eso, Inés le propone que mejor van a jugar al número mayor y al menor.
Algunos niños terminan las operaciones y le entregan sus cuadernos a Inés para que los revise. Cuando las operaciones están correctas, les pone un "MB" de muy bien y los felicita.
Para que José comprenda los números, Inés le escribe en su cuaderno parejas de números y le dice que al medio de cada una debe de descubrir cuál es el mayor o menor y poner los signos: < o >.
–Por ejemplo, ¿10 es mayor o menor que 7?
José la mira de reojo. No sabe qué signo escoger. Inés le revela un secreto: que su brazo derecho simboliza el mayor(>) y que su izquierdo el menor (<). Como jugando, José a sus 12 años va recordando qué números son mayores y menores.
Dictado reflexivo
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 En las aulas. Así enseña Inés. Ni la parálisis ni la pobreza la detiene. Su aula no tiene puertas ni ventanas. Pero sus alumnos la esperan con ansias por aprender. |
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"¿Qué le pedirían al Presidente?", pregunta Inés a sus alumnos. Alberto, de 8 años, comenta que le pediría pistas, casas de cemento, agua y mucha plata.
–Lo que deben pedir es trabajo para sus padres. Para que ustedes, no tengan que trabajar –dice ella.
Luego Inés les pide que anoten con sus lapiceros lo que va a dictar. Y con su ligero dejo charapa empieza:
"Si yo fuera Presidente no debo mentir ni robar ni matar. Solo debo decir la verdad", dice Inés y prosigue dictando lo que debe ser principal lección para nuestros presidentes.
Los niños y sus madres
Los alumnos de primaria se retiran y a los niños de inicial, Inés les enseña conjuntos para que comprendan el concepto de los números. Para esto, dibuja varios círculos de tamaño regular en sus cuadernos y escribe en su interior, por ejemplo: 6 piedritas y 4 pajitas.
Para cumplir con la tarea, los niños se levantan de sus sillas y buscan en el suelo del aula las piedras y las pajas secas de las esteras.
Lentamente, los pequeños van formando los conjuntos con sus manos y uñas con tierra. Cuando terminan, Inés los felicita y les escribe unas sumas.
–Sandrita, tenías hambre. Te comiste un número–, dice cuando revisa la suma.
Y no se equivoca. Los pequeños a simple vista sufren de desnutrición, pero a la vez tienen ganas de aprender. Pero, sin energías es muy difícil retener los conocimientos que Inés les explica con paciencia.
 Líder. En 1991, una huelga de docentes. |
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Cuando termina con los más pequeños, sus madres llegan con rosarios recién confeccionados y madejas de hilo para fabricar mantas. Ellas también son alumnas de Inés.
–Virgencita, ayúdanos a salir adelante. Tan solo queremos trabajo y un lugar dónde vender nuestros productos–, dice Inés con un rosario entre sus dedos.
Inés se despide porque está con el tiempo en contra. Tiene que dictar otro taller a madres de familia en el AH Juan Pablo II, Zona V.
"Fue como un rayo"
Rumbo al nuevo taller, Inés recuerda cómo quedó paralítica. A los 22 años participó como dirigenta en la huelga nacional del SUTEP y el 4 de julio de 1979 cuando retornaba apresada del Ministerio de Educación, logró escapar del portatropas y corrió a la Plaza de Armas, donde estaban sus compañeras. Pero, a medio camino, recibió una patada en la espalda y cayó al suelo. "Los policías me patearon más. Lo último que sentí fue un rayo que me partió y nunca más sentí mis piernas", recuerda.
Por eso, Inés es conocida como la "Heroína del Sutep". Su lucha continúa. "Yo exijo un aula para trabajar, el Estado sabe que mi diagnóstico en Alemania dice que puedo caminar, pero no hace nada. El Estado sabe que los maestros quieren que les descuenten por una sola vez 10 soles para mi rehabilitación, pero es indiferente", dice. Desde hace 28 años, Inés quedo inválida y nunca el Ministerio de Educación la repuso como profesora. ¿Y el SUTEP? Tampoco la defiende cuando debería hacerlo.
Labor en otro taller
La luz de la velas alumbra la habitación del taller. Inés revisa con minuciosidad que los collares estén correctos, al igual que los aretes, carteras, chompas.
"Por cumplir mi rol de profesora surgen los talleres. Primero alfabeticé a las madres y luego les enseñé manualidades para que tengan un dinero extra", explica Inés.
A todos estos talleres, Inés Valdivia Malpartida les brinda los materiales gratis. Para conseguir el dinero necesario, vende tarjetas y cerámicas que ella misma confecciona. A veces cocina en albergues y casas.
"Yo confío en ellas. A los niños pobres no les cobro nada, pero cuando estoy sin dinero a veces las madres me ayudan para pagar las mototaxis", revela.
La profesora Inés, la luchadora Inés, la admirable Inés, aunque vive en una silla de ruedas, siente que su cuerpo está de pie. Hasta zapatea sus huainos. Su mejor pago es cuando los niños pobres le piden más tareas para hacer. Está de pie.
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